MarÃa
MarÃa —¿Por qué?
—Porque Braulio me asegura que la venada que mató poco después en la misma cañada de donde salió el chiquito era la madre.
—¡Ay! ¡Qué hombre!… No vuelvas a matar venadas.
HabÃamos llegado al corredor, y Juan, con los brazos abiertos, salió al encuentro de MarÃa: ella lo levantó y desapareció con él después de haberle hecho reclinar la cabeza soñolienta sobre uno de aquellos hombros de nácar sonrosado que ni su pañolón ni su cabellera se atrevÃan en algunos momentos a ocultar.