MarÃa
MarÃa —Pues me lo explicarás tú. ¿Cómo están?… ¡No, señor! —agregó escondiendo en los pliegues de la irlanda que tenÃa sobre la falda, la mano derecha que yo habÃa intentado tomarle.
—Está bien.
—Porque no puedo coser, y no dices cómo están las… ¿Cómo se llaman?
—Voy a confesártelo.
—A ver, pues.
—Están celosas de ti.
—¿Enojadas conmigo?
—SÃ.
—¡Conmigo!
—Antes sólo pensaba yo en ellas, y después…
—¿Después?
—Las olvidé por ti.
—Entonces me voy a poner muy orgullosa.
Su mano derecha estaba ya jugando sobre un brazo de la butaca, y era asà como solÃa indicarme que podÃa tomarla. Ella siguió diciendo:
—¿En Europa hay ondinas?… Óigame, mi amigo, ¿en Europa hay?
—SÃ.
—Entonces… ¡Quién sabe!
—Es seguro que aquéllas se pintan las mejillas con zumos de flores rojas, y se ponen corsé y botines.