MarÃa
MarÃa —SÃ, ya sé: tener valor para todo esto. Si fuera posible que me dieras parte del tuyo… Pero yo no he prometido a mamá ni a ti no llorar. Si tu semblante no estuviese diciendo más de lo que estas lágrimas dicen, yo las ocultarÃa… pero después, ¿quién las sabrá…?
Enjugué con mi pañuelo las que le rodaban por las mejillas, diciéndole:
—Espérame, que vuelvo.
—¿Aqu�
—SÃ.
Estaba en el mismo sitio. Me recliné a su lado en la baranda.
—Mira —me dijo mostrándome el valle tenebroso—: mira cómo se han entristecido las noches; cuando vuelvan las de agosto, ¿dónde estarás ya?
Después de unos momentos de silencio, agregó:
—Si no hubieras venido, si como papá pensó, no hubieses vuelto antes de seguir para Europa…
—¿HabrÃa sido mejor?
—¿Mejor?… ¿Mejor?… ¿Lo has creÃdo alguna vez?
—Bien sabes que no he podido creerlo.
—Yo sÃ, cuando papá dijo eso que le oà de la enfermedad que tuve; ¿y tú nunca?
—Nunca.
—¿Y en aquellos diez dÃas?