MarÃa
MarÃa —Te amaba como ahora: pero lo que el médico y mi padre…
—SÃ; mamá me lo ha dicho. ¿Cómo podré pagarte?
—Ya has hecho lo que yo podÃa exigirte en recompensa.
—¿Algo que valga tanto as�
—Amarme como te amé entonces, como te amo hoy; amarme mucho.
—¡Ay!, sÃ. Pero aunque sea una ingratitud, eso no ha sido por pagarte lo que hiciste.
Y apoyó por unos instantes la frente sobre su mano enlazada con la mÃa.
—Antes —continuó, levantando lentamente la cabeza— me habrÃa muerto de vergüenza al hablarte asÃ… Tal vez no hago bien…
—¿Mal, MarÃa? ¿No eres, pues, casi mi esposa?
—Es que no puedo acostumbrarme a esa idea; tanto tiempo me pareció un imposible…
—¿Pero hoy? ¿Aún hoy?
—No puedo imaginarme cómo serás tú y cómo seré yo entonces…
—¿Qué buscas? —preguntóme sintiendo que mis manos registraban las suyas.
—Esto —le respondÃ, sacándole del dedo anular de la mano izquierda una sortija en la cual estaban grabadas las dos iniciales de los nombres de sus padres.