MarÃa
MarÃa —¿Para usarla tú? Como no usas sortijas, no te la habÃa ofrecido.
—Te la devolveré el dÃa de nuestras bodas: reemplázala mientras tanto con ésta; es la que mi madre me dio cuando me fui para el colegio: por dentro del aro están tu nombre y el mÃo. A mà no me viene; a ti sÃ, ¿no?
—Bueno, pero ésta no te la devolveré nunca. Recuerdo que en los dÃas de irte se te cayó en el arroyo del huerto: yo me descalcé para buscártela y como me mojé mucho, mamá se enojó.
Algo oscuro como la cabellera de MarÃa y veloz como el pensamiento cruzó por delante de nuestros ojos. MarÃa dio un grito ahogado, y cubriéndose el rostro con las manos, exclamó horrorizada:
—¡El ave negra!
Temblorosa se asió de uno de mis brazos. Un escalofrÃo de pavor me recorrió el cuerpo. El zumbido metálico de las alas del ave ominosa no se oÃa ya. MarÃa estaba inmóvil. Mi madre, que salÃa del escritorio con una luz, se acercó alarmada por el grito que acababa de oÃrle a MarÃa: ésta estaba lÃvida.
—¿Qué es? —preguntó mi madre.
—Esa ave que vimos en el cuarto de EfraÃn.
La luz tembló en la mano de mi madre, quien dijo:
—Pero niña, ¿cómo te asustas as�