MarÃa
MarÃa De la familia de don Jerónimo, solamente Carlos estaba en la hacienda; me recibió lleno de placer, y tratando de obtener de mÃ, desde el punto en que me abrazó, que pasara todo el dÃa con él.
Visitamos el ingenio, costosamente montado, aunque con poco gusto y arte; recorrimos el huerto, hermosa obra de los antepasados de la familia, y fuimos por último al pesebre, adornado con media docena de valiosos caballos.
Fumábamos de sobremesa, después del almuerzo, cuando Carlos me dijo:
—Por lo visto, me será imposible verte antes de que nos digamos adiós, con tu cara alegre de estudiante, con aquella que ponÃas para atormentarme al contarte algún capricho desesperador de Matilde. Pero al cabo, si estás triste porque te vas, eso significa que estarÃas contento si te quedaras… ¡Diablo de viaje!
—No seas malagradecido —le respond×; desde que yo regrese tendrás médico de balde.