MarÃa
MarÃa —Cierto, hombre. ¿Crees que no lo habÃa previsto? Estudia mucho para volver pronto. Si mientras tanto no me mata un tabardillo atrapado en estos llanos, es posible que me encuentres hidrópico. Estoy aburriéndome atrozmente. Todo el mundo quiso aquà que fuera a pasar la nochebuena en Buga; y para quedarme tuve que fingir que me habÃa dislocado un tobillo, a riesgo de que tal conducta me despopularice entre la numerosa turba de mis primas. Al fin tendré que pretextar algún negocio en Bogotá, aunque sea a traer soches y ruanas como Emigdio… a traer cualquier cosa.
—¿Como una mujer? —le interrumpÃ.
—¡Toma! ¿Te imaginas que no he pensado en eso? ¡Mil veces! Todas las noches hago cien proyectos. Figúrate: tirado boca arriba en un catre desde las seis de la tarde, aguardando a que vengan los negros a rezar, a que me llamen después a tomar chocolate, y oyendo luego conchabar desenraÃces, despajes y siembras de caña… A la madrugada de todos los dÃas, el primer olor de bagazal que me llega a las narices deshace todos mis castillos.
—Pero leerás.
—¿Qué leo? ¿Con quién hablo de lo que lea? ¿Con ese cotudo de mayordomo que bosteza desde las cinco?