MarÃa
MarÃa —Saco en limpio que necesitas urgentemente casarte; que has vuelto a pensar en Matilde y que proyectas traerla aquÃ.
—Al pie de la letra; eso ha sucedido asÃ. Después que me convencà de que habÃa cometido un dislate intentando casarme con tu prima (Dios y ella me lo perdonen), vino la tentación que dices. Pero, ¿sabes lo que suele sucederme? Después de costarme tanto trabajo como resolver uno de aquellos problemas de Barcho, imaginarme bien que Matilde es ya mi mujer y que está en casa, suelto la carcajada al suponerme qué serÃa de la infeliz.
—Pero, ¿por qué?
—Hombre, Matilde es de Bogotá como la pila de San Carlos, como la estatua de BolÃvar, como el portero Escamilla: tendrÃa que echárseme a perder en la trasplanta. ¿Y qué podrÃa yo hacer para evitarlo?
—Pues hacerte amar de ella siempre; proporcionarle todos los refinamientos y recreaciones posibles… en fin, tú eres rico, y ella te serÃa un estÃmulo para el trabajo. Además, estas llanuras, estos bosques, estos rÃos, ¿son por ventura cosas que ella ha visto? ¿Son para verse y no amarse?
—Ya me vienes con poesÃas. ¿Y mi padre y sus campesinadas? ¿Y mis tÃas con sus humos y gazmoñerÃas? ¿Y esta soledad? ¿Y el calor?… ¿Y el demonio?…