MarÃa
MarÃa —Aguárdate —le interrumpà riéndome—; no lo tomes tan a pechos.
—No hablemos más de eso. Apúrate mucho para que vuelvas pronto a curarme. Cuando regreses, te casarás con la señorita MarÃa, ¿no es asÃ?
—Dios mediante…
—¿Quieres que yo sea tu padrino?
—De mil amores.
—Mil gracias. Es, pues, cosa convenida.
—Haz que traigan mi caballo —le dije después de un rato de silencio.
—¿Te vas ya?
—Lo siento; pero en casa me esperan temprano: ya ves que está muy próximo el viaje… y tengo que despedirme hoy de Emigdio y de mi compadre Custodio, que no están muy cerca.
—¿Te vas el treinta precisamente?
—SÃ.
—Te quedan sólo quince dÃas; no debo detenerte. Al fin te has reÃdo de algo, aunque haya sido de mi tedio.
Ni Carlos ni yo pudimos ocultar el pesar que nos causaba aquella despedida.