MarÃa
MarÃa —Nada, señor —dijo mi compadre empezando a andar y precediéndome—; si es cansera; el tiempo está de lo pésimo. Hágase cargo: la miel a real; la rapadura, no se diga; la azucarita que sale blanca, a peso; los quesos, de balde; y los puercos tragándose todo el maÃz de la cosecha, y como si se botara al rÃo. Los balances de su comadre, aunque la pobre es un ringlete, no dan ni para velas; no hay cochada de jabón que pague lo que se gasta; y esos garosos de guardas, tras del sacatÃn que se las pelan… Qué le cuento: le compré al amo don Jerónimo el rastrojo aquel del gaudualito; pero ¡qué hombre tan tirano! ¡Cuatrocientos patacones y diez ternerotes de aparta me sacó!
—¿Y de dónde salieron los cuatrocientos? ¿Del jabón?
—¡Ah! Usté para temático, compadre. Si rompimos hasta la alcancÃa de Salomé para poder pagarle.
—¿Y Salomé sigue tan trabajadora como antes?
—Y si no, ¿dónde le diera el agua? Labra tiras de lomillo que es lo que hay que ver, y ayuda en todo: al fin hija de su mamá. Pero si le digo que esa muchacha me tiene zurumbático, no le miento.
—¿Salomé? Ella tan formalita, tan recatada…
—Ella, compadre; asà tan pacatica como la ve.
—¿Qué sucede?