MarÃa
MarÃa —Usté es caballero de veras y mi amigo, y se lo voy a contar, en vez de Ãrselo a decir al señor cura de la Parroquia, que yo creo que de puro santo no tiene ni malicia y se le pasea el alma por el cuerpo. Pero aguárdese y paso yo primero este zanjón, porque para no embarrarse en él, se necesita baquÃa.
Y volviéndose al bobo, que venÃa durmiéndose entre los plátanos:
—Ve el camino, tembo, porque si se atolla la yegua, con gusto pierdo los guangos por dejarte ahÃ.
El cotudo rió estúpidamente y dio por respuesta algunos rezongones inarticulados. Mi compadre continuó:
—¿Usté si conoce a Tiburcio, el mulatico que crió el difunto Murcia?
—¿No es el que se querÃa casar con Salomé?
—Allá llegaremos.
—No sé quién lo crió. Pero vaya si lo conozco: lo he visto en casa de usted y en la de José, y aun hemos cazado algunas veces juntos: es un guapo mozo.