MarÃa
MarÃa —Allá voy. Pues señor, va para ocho meses que empecé a notar que al muchacho no le faltaban historias para venir a vernos; pero pronto le cogà la mácula, y conocà que lo que buscaba era ocasión de ver a Salomé. Un dÃa se lo dije por lo claro a Candelaria, y ella me salió con la repostada de que tal vez me habÃa caÃdo nube en los ojos y que el cuento era rancio. Me puse en atisba un sábado en la tardecita, porque Tiburcio no faltaba los sábados a esa hora, y cate usté que vi a la muchacha salirle al encuentro apenas lo sintió, y no me quedó pizca de duda… Eso sÃ, nada vi que no fuera legÃtimo. Pasaron dÃas, y Tiburcio no abrÃa la boca para hablar de casamiento; pero yo pensaba: cateando que estará a Salomé, y bien guanábano será si no se casa con ella, pues no es ninguna mechosa, y tan mujer de su casa no hay riesgo de que la halle. Cuando de golpe dejó de venir Tiburcio, sin que Candelaria pudiera sacarle a la muchacha el motivo; y como a mà me tiene Salomé el respeto que debe, menos pude averiguarle; y desde antes de nochebuena Tiburcio no se asoma allá. ¿Si será usté amigo del niño Justiniano, hermano de don Carlitos?
—No lo veo desde que éramos chicos.