MarÃa
MarÃa —Pues quÃtele las patillas que ha echado don Carlos, y ahà lo tiene individual. Pero ojalá fuera como el hermano; es el mismo patas; pero bonito mozo, para qué es negarlo. Yo no sé ónde vio él a Salomé: tal vez serÃa agora que estuve empeñao sobre hacer el cambalache con su padre, porque el niño ese vino a herrar los terneros, y desde el mesmo dÃa no me deja comer un plátano a gusto.
—Eso no está bueno.
—Yo, que se lo cuento con riesgo de que su comadre, si lo sabe, me diga un dÃa, que esté lunática, que soy un garlero, sé lo que hago. Pero no hay mal que no tenga su cura: he estado dando y cavando hasta dar en el toque.
—A ver, compadre; pero dÃgame antes (y dispense si hay indiscreción en preguntárselo), ¿qué cara le hace Salomé a Justiniano?
—Déjeme, señor; si eso es lo que me tiene dÃa y noche como si durmiera yo sobre pringamoza… Compadre, la muchacha está picada… Por no matarla… Y la pela que le doy si se me mete el mandinga… Lo quiere, niño; por eso le cuento a usté todo para que me saque con bien.
—¿Y en qué ha conocido usted que está enamorada Salomé?