MarÃa
MarÃa —¡Válgame! No habré visto yo cómo le bailan los ojos cuando ve al blanquito y que toda ella se pone como azogada, si le pasa agua o candela, porque parece que él vive con sequÃa, y que fumar es lo único que tiene que hacer; pues por candela y agua arrima a casa arreo arreo; y no hace falta los domingos en la tarde en casa de la vieja Dominga ¿no la conoce?
—No.
—Pues estoy por decirle que es de las que usan polvos; y ya no hay quién le quite de la cabeza a Candelaria que esa murciélaga fue la que le ojeó el mico aquel tan sabido y que tanto lo divertÃa a usté; porque el animalito boqueó sobándose la barriga y dando quejidos como un cristiano.
—Algún alacrán que se habrá comido, compadre.