María
María —¡Deónde! Si trabajo costaba para que probara comida fría: convénzase que la bruja le hizo maleficio; pero no era allá donde yo iba. Enanticos que fui a buscar la yegua me encontré a la vieja en el guayabal, que iba para casa, y como ando orejero, todo fue verla y me le aboqué por delante para decirle: «Vea, ña Dominga, devuélvase, porque allá tienen las gentes oficio en lugar de estar en conversas. Van dos viajes con éste que le he dicho que me choca verla en casa». Toda ella se puso a temblar, y yo que la vi asustada, pensé al golpe: este retobo no anda en cosa buena. Salió con éstas y las otras; pero la dejé como en misa cuando le dije: «Mire que yo soy malicioso, y si la cojo a usté en la que anda, yo la desuello a rejo, y si no lo hago, que me quiten el nombre».
La exaltación de mi compadre había llegado al colmo. Santiguándose continuó:
—¡Jesús, creo en Dios Padre! Esa cangalla es capaz de hacerme perder, un día que se me revista la ira mala. Es buen hacer, blanco: tener un hombre de bien su hija que tantas pesadumbres le ha costao, y que no ha de faltar quien quiera hacerlo abochornar a uno de lo más querido.
Mi irascible compadre estaba próximo a un acceso de enternecimiento, y yo, a quien no habían parecido salvas y repiques sus últimas palabras, me apresuré a decirle: