MarÃa
MarÃa —Yo le confieso que sà he pensado en casarme, pero no me resolvÃ: lo primero porque Salomé me tenÃa siempre malicioso, y el dos que yo no sé si ñor Custodio me la querrÃa dar.
—Pues de ella ya sabes lo que te he dicho; y en cuanto a mi compadre, yo te respondo. Es necesario que obres racionalmente, y que en prueba de que me crees, esta tarde misma vayas a casa de Salomé, y sin darte por entendido de tales sentimientos, le hagas una visita.
—¡Caray con su afán! ¿Conque me responde de todo?
—Sé que Salomé es la muchacha más honesta, bonita y hacendosa que puedes encontrar, y en cuanto a los compadres, yo sé que te la darán gustosÃsimos.
—Pues ahà verá que me estoy animando a ir.
—Si lo dejas para luego y Salomé se despecha y la pierdes, de nadie tendrás que quejarte.
—Voy, patrón.
—Convenido, y es inútil exigirte me avises cómo te va, porque estoy cierto de que me quedarás agradecido. Y adiós, que van a ser las cinco.
—Adiós, mi patrón, Dios se lo pague. Siempre le diré lo que suceda.
—Cuidado con ir a entonar donde te oiga Salomé esos versos que venÃas cantando.
Tiburcio rio antes de responderme.