MarÃa
MarÃa —Las fiestas que tiene con el niño Justiniano.
—Oyeme acá: ¿crees que yo pueda estar enamorado de Salomé?
—¿Cómo lo habÃa de creer?
—Pues tan enamorada está Salomé de Justiniano como yo de ella. Es necesario que estimes a la muchacha en lo que vale, que para tu bien, es mucho. Tú la has ofendido con los celos, y con tal que vayas a contentarla, ella te lo perdonará todo y te querrá más que nunca.
Tiburcio se quedó meditabundo antes de responderme con cierto acento y aire de tristeza:
—Mire, niño EfraÃn, yo la quiero tantÃsimo, que ella no se figura las crujidas que me ha hecho pasar en este mes. Cuando uno tiene su genio como a mà me lo dio Dios, todo se aguanta menos que lo tengan a uno por cipote (perdonándome su mercé la mala palabra). Yo, que le estoy diciendo que Salomé tiene la culpa, sé lo que le digo.
—Lo que sà no sabes es que contándome hoy tus agravios se ha desesperado y ha llorado hasta darme lástima.
—¿De veras?
—Y yo inferido que la causa de todo eres tú. Si la quieres como dices, ¿por qué no te casas con ella? Una vez en tu casa, ¿quién habÃa de verla sin que tú lo consintieras?