MarÃa
MarÃa y el tiempo tiempo me da,
y el mismo tiempo me dice
que él me desengañará.
Salió del arbolado el cantor, y era Tiburcio, que con la ruana colgada de un hombro y apoyado en el otro un bordón de cuya punta pendÃa un pequeño lÃo, entretenÃa su camino contando por instinto sus penas a la soledad. Calló y detúvose al divisarme, y después de un risueño y respetuoso saludo me dijo luego que me acerqué:
—¡Caramba! que sube tarde y a escape… Cuando el Retinto suda… ¿De dónde viene asà sorbiéndose los vientos?
—De hacer unas visitas, y la última, para fortuna tuya, fue a casa de Salomé.
—Y hacÃa marras que no iba.
—Mucho lo he sentido. Y ¿cuánto hace que no vas tú?
El mozo, con la cabeza agachada, se puso a despedazar con el bordón una matita de lulo, y al cabo alzó a mirarme respondiendo:
—Ella tiene la culpa. ¿Qué le ha contado?
—Que eres un ingrato y un celoso, y que se muere por ti: nada más.
—¿Conque todo eso le dijo? Pero entonces le guardó lo mejor.
—¿Qué es lo que llamas mejor?