María
María Pasadas las horas de calor, a las cuatro de la tarde, era la casa una revuelta arca de Noé: los patos empezaron a atravesar por orden de familias la salita; las gallinas a amotinarse en el patio y al pie del ciruelo, donde en horquetas de guayabo descansaba la canoíta en que estaba comiendo maíz mi caballo; los pavos criollos se pavoneaban inflados y devolviendo los gritos de dos loras maiceras que llamaban a una Benita, que debía ser la cocinera y los cerdos chillaban tratando de introducir las cabezas por entre los travesaños de la puerta de golpe. A todo lo cual hay que añadir los gritos de mi compadre al dar órdenes y los de su mujer espantando los patos y llamando las gallinas. Fueron largas las despedidas y las promesas que me hizo mi comadre de encomendarme mucho al Milagroso de Buga para que me fuera bien en el viaje y volviera pronto. Al despedirme de Salomé, me apretó mucho la mano, y mirándome tal vez más afectuosamente, me dijo:
—Mire bien que con usté cuento. A mí no me diga adiós para su viaje de porra… porque aunque sea arrastrándome, al camino he de salir a verlo, si es que no llega de pasada. No me olvide… vea que si no, yo no sé qué haga con mi taita.
Hacia el otro lado de una de las quebradas que entre las quingueadas cintas de bosque bajan ruidosas el declivio, oí una voz sonora de hombre que cantaba:
Al tiempo le pido tiempo