María

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El reloj del salón daba las cinco. Mi madre y Emma me esperaban paseándose en el corredor. María estaba sentada en los primeros escalones de la gradería, vestida con aquel traje verde que tan hermoso contraste formaba con el castaño oscuro de sus cabellos, peinados entonces con dos trenzas con las cuales jugaba Juan medio dormido en el regazo de ella. Se puso en pie al desmontarme yo. El niño suplicó que lo paseara un ratico en mi caballo, y María se acercó con él en los brazos para ayudarme a colocarlo sobre las pistoleras del galápago, diciéndome:

—Apenas son las cinco; ¡qué exactitud! si siempre fuera así…

—¿Qué has hecho hoy con tu Mimiya? —le pregunté a Juan luego que nos alejamos de la casa.

—Ella es la que ha estado tonta hoy —me respondió.

—¿Cómo así?

—Pues llorando.

—¡Ah! ¿Por qué no la has contentado?

—No quiso, aunque le hice cariños y le llevé flores; pero se lo conté a mamá.

—¿Y qué hizo mamá?

—Ella sí la contentó abrazándola, porque Mimiya quiere más a mamá que a mí. Ha estado tonta, pero no le digas nada.

María me recibió a Juan.


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