MarÃa
MarÃa —¿Has regado ya las matas? —le pregunté subiendo.
—No, te estaba esperando. Conversa un rato con mamá y Emma, agregó en voz baja, y asà que sea tiempo, me iré a la huerta.
TemÃa ella siempre que mi hermana y mi madre pudiesen creerla causa de que se entibiase mi afecto hacia las dos; y procuraba recompensarles con el suyo lo que del mÃo les habÃa quitado.
MarÃa y yo acabamos de regar las flores. Sentados en un banco de piedra, tenÃamos casi a nuestros pies el arroyo, y un grupo de jazmines nos ocultaba a todas las miradas, menos a las de Juan, que cantando a su modo, estaba alelado embarcando sobre hojas secas y cáscaras de granadilla, cucarrones y chapules prisioneros.
Los rayos lÃvidos del sol, que se ocultaba tras de las montañas de Mulaló medio embozado por nubes cenicientas fileteadas de oro, jugaban con las luengas sombras de los sauces, cuyos verdes penachos acariciaba el viento.
HabÃamos hablado de Carlos y de sus rarezas, de mi visita a la casa de Salomé, y los labios de MarÃa sonreÃan tristemente, porque sus ojos no sonreÃan ya.
—MÃrame —le dije.
Su mirada tenÃa algo de la languidez que la embellecÃa en las noches en que velaba al lado del lecho de mi padre.