MarÃa
MarÃa —Juan no me ha engañado —agregué.
—¿Qué te ha dicho?
—Que has estado tonta hoy… no lo llames… que has llorado y que no pudo contentarte; ¿es cierto?
—SÃ. Cuando tú y papá Ãbais a montar esta mañana, se me ocurrió por un momento que ya no volverÃas y que me engañaban. Fui a tu cuarto y me convencà de que no era cierto, porque vi tantas cosas tuyas que no podÃas dejar. Todo me pareció tan triste y silencioso después que desapareciste en la bajada, que tuve más miedo que nunca a ese dÃa que se acerca, que llega sin que sea posible evitarlo ya… ¿Qué haré? Dime, dime qué debo hacer para que estos años pasen. Tú durante ellos no vas a estar viendo todo esto. Dedicado al estudio, viendo paÃses nuevos, olvidarás muchas cosas horas enteras; y yo nada podré olvidar… me dejas aquÃ, y recordando y esperando voy a morirme.
Poniendo la mano izquierda sobre mi hombro, dejó descansar por un instante la cabeza sobre ella.
—No hables asÃ, MarÃa —le dije con voz ahogada y acariciando con mi mano temblorosa su frente pálida—; no hables asÃ; vas a destruir el último resto de mi valor.