MarÃa
MarÃa —¡Ah! Tú tienes valor aún, y yo hace dÃas que lo perdà todo. He podido conformarme —agregó ocultando el rostro con el pañuelo— he debido prestarme a llevar en mà este afán y angustia que me atormentan, porque a tu lado se convertÃa eso en algo que debÃa ser la felicidad… Pero te vas con ella, y me quedo sola… y no volveré a ser ya como antes era… ¡Ay! ¿Para qué viniste?
Sus últimas palabras me hicieron estremecer, y apoyando la frente sobre las palmas de las manos, respeté su silencio, abrumado por su dolor.
—EfraÃn —dijo con su voz más tierna después de unos momentos—; mira, ya no lloro.
—MarÃa —le respondà levantando el rostro, en el cual debió ella ver algo extraño y solemne, pues me miró inmóvil y fijamente— no te quejes a mà de mi regreso; quéjate al que te hizo compañera de mi niñez; a quien quiso que te amara como te amo; cúlpate entonces de ser como eres… quéjate a Dios. ¿Qué te he exigido, qué me has dado que no pudiera darse y exigirse delante de El?
—¡Nada! ¡Ay, nada! ¿Por qué me lo preguntas as�… Yo no te culpo; pero ¿culparte de qué?… Ya no me quejo…
—¿No lo acabas de hacer de una vez por todas?