María

María

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—¡Eh, eh! —dijo dejando de ordeñar.

—¿No acabas?

—Pero, ¿cómo quiere que acabe, si usté está tan zorral?… Ya no tiene más.

—¿Y esas dos tetas llenas? Ordéñalas.

—Ello no; si esas son las del ternero.

—¿Conque le digo a Luisa?

Dejó de oprimir con los dientes el inferior de sus voluptuosos labios para hacer con ellos un gestito que en lenguaje de Lucía significaba «a ver y cómo no», y en el mío «haga lo que quiera».

El becerro, que desesperaba porque le quitaran el bozal, hecho con una extremidad de la manea, y que lo ataba a una mano de la vaca, quedó a sus anchas con solo halar la ordeñadora una punta de la cuerda; y Lucía, viéndolo abalanzarse a la ubre, dijo:

—Eso era lo que te querías; cabezón más fastidioso…

Después de lo cual entró a la casa llevando sobre la cabeza el socobe y mirándome pícaramente de soslayo.

Yo desalojé de una orilla del arroyo una familia de gansos que dormitaban sobre el césped, y me puse a hacer mi tocado de mañana conversando al mismo tiempo con Tránsito y Braulio, quienes tenían las piezas de vestido de que me había despojado.


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