María

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—¡Lucía! —gritó Tránsito—; tráete el paño bordado que está en el baulito pastuso.

—No creas que viene —le dije a mi ahijada; y les conté en seguida lo que había conversado con Lucía.

Ellos reían a tiempo que Lucía se presentó corriendo con lo que se le había pedido, contra todo lo que esperábamos; y como adivinaba de qué habíamos tratado, y que de ella reían sus hermanos, me entregó el paño volviendo a un lado la cara para que no se la viese ni verme ella, y se dirigió a Tránsito para hacerle la siguiente observación:

—Ven a ver tu café, porque se me va a quemar, y déjate de estar ahí riéndote a carcajadas.

—¿Ya está? —preguntó Tránsito.

—¡Ih! hace tiempos.

—¿Qué es eso de café? —pregunté.

—Pues que yo le dije a la señorita, el último día que estuve allá, que me lo enseñara a hacer, porque se me pone que a usté no le gusta la gamuza; y por eso fue que nos encontró afanadas ordeñando.

Esto decía colgando el paño, que ya le había devuelto yo, en una de las hojas de la palma de helecho pintorescamente colocada, en el centro del patio.


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