MarÃa
MarÃa En la casa llamaban la atención a un mismo tiempo la sencillez, la limpieza y el orden: todo olÃa a cedro, madera de que estaban hechos los rústicos muebles, y florecÃan bajo los aleros macetas de claveles y narcisos con que la señora Luisa habÃa embellecido la cabañita de su hija: en los pilares habÃa testas de venados, y las patas disecadas de los mismos servÃan de garabatos en la sala y la alcoba.
Tránsito me presentó, entre ufana y temerosa, la taza de café con leche, primer ensayo de las lecciones que habÃa recibido de MarÃa; pero felicÃsimo ensayo, pues desde que lo probé conocà que rivalizaba con aquel que tan primorosamente sabÃa preparar Juan Angel.
Braulio y yo fuimos a llamar a José y a la señora Luisa, para que almorzasen con nosotros. El viejo estaba acomodando en jigras las arracachas y verduras que debÃa mandar al mercado el dÃa siguiente, y ella acabando de sacar del horno el pan de yuca que iba a servirnos para el almuerzo. La hornada habÃa sido feliz como lo demostraban no solamente el color dorado de los esponjados panes, sino la fragancia tentadora que despedÃan.