MarÃa
MarÃa Pasada una hora, durante la cual estuve en mi cuarto, llamó Juan a la puerta para que fuera a comer.
Al salir encontré a MarÃa apoyada en la reja del costurero que caÃa al corredor.
—Mamá no te ha llamado —me dijo el niño riendo.
—¿Y quién te ha enseñado a decir mentiras? —le respond×: MarÃa no te perdonará ésta.
—Ella fue la que me mandó —contestó Juan señalándola.
VolvÃme hacia MarÃa para averiguarle la verdad, pero no fue preciso, porque ella misma se acusaba con su sonrisa. Sus ojos brillantes tenÃan la apacible alegrÃa que nuestro amor les habÃa quitado; sus mejillas, el vivo sonrosado que las hermoseaba durante nuestros retozos infantiles. Llevaba un traje blanco, sobre cuya graciosa falda ondulaban las trenzas al más leve movimiento de su cintura o de sus pies, que jugaban con la alfombra.
—¿Por qué estás triste y encerrado? —me dijo—: yo no he estado asà hoy.
—Tal vez sà —le respondà por tener pretexto para examinarla de cerca aproximándome a la reja que nos separaba.