MarÃa
MarÃa Ella bajó los ojos fingiendo anudar de nuevo los largos cordones de su delantal de gro azul; y cruzando luego las manos por detrás del talle, se recostó contra una hoja de la ventana diciéndome:
—¿No es verdad?
—Lo dudaba, porque como acabas de engañarme…
—¡Vea qué engaño! ¿Y puede ser bueno estarte asà encerrado para salir después hecho una noche?
—Me gusta verte tan valiente. ¿Y será bueno dejarte ver dos horas después de que he llegado?
—¿Y las doce son horas de venir de la montaña? También es que yo he estado muy ocupada. Pero te vi cuando venÃas bajando. Por más señas no traÃas escopeta, y Mayo se habÃa quedado muy atrás.
—Conque ¿muchas ocupaciones?, ¿qué has hecho?
—De todo: algo bueno y algo malo.
—A ver.
—He rezado mucho.
—Ya me decÃa Emma que a todas horas quieres que te acompañe a rezar.
—Porque siempre que le cuento a la Virgen que estoy triste, ella me oye.
—¿En qué lo conoces?
—En que se me quita un poco esta tristeza y me da menos miedo pensar en tu viaje. Te llevarás tu Dolorosita, ¿no?
—SÃ.