MarÃa
MarÃa —Un dÃa que Juan Angel devolvió unas camisas a la criada encargada de eso, porque dizque a su amito no le parecÃan buenas, me fijé yo en ellas y le dije a Marcelina que yo iba a ayudarle para que te parecieran mejor. Ella creÃa que no tenÃan defecto, pero estimulada por mÃ, le quedaron ya siempre intachables, pues no volvió a suceder que las devolvieras, aunque yo no las hubiese tocado.
—Yo te agradezco muchÃsimo todos esos cuidados; pero no me imaginé que tuvieras fuerzas ni manos para manejar una plancha.
—Si es una muy chiquita, y envolviéndole bien el asa en un pañuelo, no puede lastimar las manos.
—A ver cómo las tienes.
—Buenecitas, pues.
—Muéstramelas.
—Si están como siempre.
—Quién sabe.
—MÃralas.
Las tomé en las mÃas y les acaricié las palmas, suaves como el raso.
—¿Tienen algo? —me preguntó.
—Como las mÃas pueden estar ásperas…
—No las siento yo asÃ. ¿Qué hiciste tú en la montaña?