MarÃa
MarÃa HundÃase en los confines nebulosos del PacÃfico el Sol del veinticinco de julio, llenando el horizonte de resplandores de oro y rubÃ; persiguiendo con sus rayos horizontales hasta las olas azuladas que iban como fugitivas a ocultarse bajo las selvas sombrÃas de la costa. La Emilia López, a bordo de la cual venÃa yo de Panamá, fondeó en la bahÃa de Buenaventura después de haber jugueteado sobre la alfombra marina acariciada por las brisas del litoral.
Reclinado sobre el barandaje de cubierta, contemplé esas montañas a vista de las cuales sentÃa renacer tan dulces esperanzas. Diez y siete meses antes rodando a sus pies, impulsado por las corrientes tumultuosas del Dagua, mi corazón habÃa dicho un adiós a cada una de ellas, y su soledad y silencio habÃan armonizado con mi dolor.
Estremecida por las brisas, temblaba en mis manos una carta de MarÃa que habÃa recibido en Panamá, la cual volvà a leer a la luz del moribundo crepúsculo. Acaban de recorrerla mis ojos… Amarillenta ya, aún parece húmeda con mis lágrimas de aquellos dÃas.
»La noticia de tu regreso ha bastado a volverme las fuerzas. Ya puedo contar los dÃas, porque cada uno que pasa acerca más aquel en que he de volver a verte.