MarÃa
MarÃa »Hoy ha estado muy hermosa la mañana, tan hermosa como esas que no has olvidado. Hice que Emma me llevara al huerto; estuve en los sitios que me son más queridos en él; y me sentà casi buena bajo esos árboles, rodeada de todas esas flores, viendo correr el arroyo, sentada en el banco de piedra de la orilla. Si esto me sucede ahora, ¿cómo no he de mejorarme cuando vuelva a recorrerlo acompañada por ti?
»Acabo de poner azucenas y rosas de las nuestras al cuadro de la Virgen, y me ha parecido que ella me miraba más dulcemente que de costumbre y que iba a sonreÃr.
»Pero quieren que vayamos a la ciudad, porque dicen que allá podrán asistirme mejor los médicos: yo no necesito otro remedio que verte a mi lado para siempre. Yo quiero esperarte aquÃ: no quiero abandonar todo esto que amabas, porque se me figura que a mà me lo dejaste recomendado y que me amarÃas menos en otra parte. Suplicaré para que papá demore nuestro viaje, y mientras tanto llegarás, adiós».
Los últimos renglones eran casi ilegibles.
El bote de la aduana, que al echar ancla la goleta, habÃa salido de la playa, estaba ya inmediato.
—¡Lorenzo! —exclamé al reconocer a un amigo querido en el gallardo mulato que venÃa de pie en medio del Administrador y del jefe del resguardo.
—¡Allá voy! —contestó.