MarĂa
MarĂa Y subiendo precipitadamente la escala, me estrechĂł en sus brazos.
—No lloremos —dijo enjugándose los ojos con una de las puntas de su manta y esforzándose por sonreĂr: nos están viendo y esos marineros tienen corazĂłn de piedra.
Ya en medias palabras me habĂa dicho lo que con mayor ansiedad deseaba yo saber: MarĂa estaba mejor cuando Ă©l saliĂł de casa. Aunque hacĂa dos semanas que me esperaba en Buenaventura, no habĂan venido cartas para mĂ sino las que Ă©l trajo, seguramente porque la familia me aguardaba de un momento a otro.
Lorenzo no era esclavo. Compañero fiel de mi padre en los viajes frecuentes que Ă©ste hizo durante su vida comercial, era amado por toda la familia, y gozaba en casa fueros de mayordomo y consideraciones de amigo. En la fisonomĂa y talante mostraba su vigor y franco carácter: alto y fornido, tenĂa la frente espaciosa y con entradas; hermosos ojos sombreados por cejas crespas y negras; recta y elástica nariz; bella dentadura, cariñosas sonrisas y barba enĂ©rgica.