María
María Aunque el Administrador era padre de una bella e interesante familia establecida en el interior del Cauca, al hacerse cargo del destino que desempeñaba, no se había resuelto traerla al puerto, por mil razones que me tenía dadas y que yo, a pesar de mi inexperiencia, hallé incontestables. Las gentes porteñas le parecían cada día más alegres, comunicativas y despreocupadas; pero no encontraría grave mal en ello, puesto que después de algunos meses de permanencia en la costa, el mismo Administrador se había contagiado más que medianamente de aquella despreocupación.
Después de un cuarto de hora que yo empleé en cambiar por otro mi traje de a bordo, el Administrador volvió a buscarme: traía ya en lugar de su vestido de ceremonia, pantalones y chaqueta de intachable blancura; su chaleco y corbata habían empezado una nueva temporada de oscuridad y abandono.
—Descansarás un par de días aquí antes de seguir tu viaje —dijo llenando dos copas con brandy que tomó de una hermosa frasquera.
—Pero es que yo no necesito ni puedo descansar —le observé.
—Toma el brandy; es un excelente Martell; o ¿prefieres otra cosa?
—Yo creí que Lorenzo tenía preparados bogas y canoas para madrugar mañana.