MarÃa
MarÃa —Ya veremos. Conque ¿prefieres ginebra o ajenjo?
—Lo que usted guste.
—Salud, pues —dijo convidándome.
Y después de vaciar de un trago la copa:
—¿No es superior? —preguntó guiñando entrambos ojos; y produciendo con la lengua y el paladar un ruido semejante al de un beso sonoro, añadió—: ya se ve que habrás saboreado el más añejo de Inglaterra.
—En todas partes abrasa el paladar. ¿Conque podré madrugar?
—Si todo es broma mÃa —respondió acostándose descuidadamente en la hamaca, limpiándose el sudor de la garganta y de la frente con un gran pañuelo de seda de India, fragante como el de una novia—. Conque abrasa ¿eh? Pues el agua y él son los únicos médicos que tenemos aquÃ, salvo mordedura de vÃbora.
—Hablemos de veras: ¿Qué es lo que usted llama su broma?
—La propuesta de que descanses, hombre. ¿Se te figura que tu padre se ha dormido para recomendarme tuviera todo preparado para tu marcha? Va para quince dÃas que llegó Lorenzo, y hace ocho que están listos los bogas y ranchada la canoa. Lo cierto es que he debido ser menos puntual, y habrÃa logrado de esa manera que te dejaras ajonjear por mà dos dÃas.
—¡Cuánto le agradezco su puntualidad!