MarÃa
MarÃa Rióse ruidosamente impulsando la hamaca para darse aire, diciéndome al fin:
—¡Malagradecido!
—No es eso: usted sabe que no puedo, que no debo demorarme ni una hora más de lo indispensable; que es urgente que llegue yo a casa muy pronto…
—SÃ, sÃ; es verdad; serÃa un egoÃsmo de mi parte —dijo ya serio.
—¿Qué sabe usted?
—La enfermedad de una de las señoritas… Pero recibirÃas las cartas que te envié a Panamá.
—SÃ, gracias, a tiempo de embarcarme.
—¿No te dicen que está mejor?:
—Eso dicen.
—¿Y Lorenzo?
—Dice lo mismo.
Pasado un momento en que ambos guardábamos silencio, el Administrador gritó incorporándose en la hamaca:
—¡Marcos, la comida!
Un criado entró luego a anunciarnos que la mesa estaba servida.