MarÃa
MarÃa —Vamos —dijo mi huésped poniéndose en pie— hace hambre; si hubieras tomado el brandy tendrÃas un buen apetito. ¡Hola! —agregó a tiempo que entrábamos al comedor y dirigiéndose a un paje—: si vienen a buscarnos, di que no estamos en casa. Es necesario que te acuestes temprano para poder madrugar —me observó señalándome el asiento de la cabecera.
El y Lorenzo se colocaron a uno y otro lado mÃo.
—¡Diantre! —exclamó el Administrador cuando la luz de la hermosa lámpara de la mesa bañó mi rostro—: ¡qué bozo has traÃdo!, si no fueras moreno se podrÃa jurar que no sabes dar los buenos dÃas en castellano. Se me figura que estoy viendo a tu padre cuando él tenÃa veinte años; pero me parece que eres más alto que él: sin esa seriedad, heredada sin duda de tu madre, creerÃa estar con el judÃo la noche que por primera vez desembarcó en Quibdó. ¿No te parece Lorenzo?
—Idéntico —respondió éste.
—Si hubieras visto —continuó mi huésped dirigiéndose a él— el afán de nuestro inglesito luego que le dije que tendrÃa que permanecer conmigo dos dÃas… Se impacientó hasta decirme que mi brandy abrasaba no sé qué. ¡Caracoles!, temà que me regañara. Vamos a ver si te parece lo mismo este tinto, y si logramos que te haga sonreÃr. ¿Qué tal? —añadió después que probé el vino.
—Es muy bueno.