MarÃa
MarÃa —MarÃa —le dije yo—, si hubiese sabido que eran tan estimables esas flores, las habrÃa guardado… para vosotras; pero me han parecido menos bellas que las que se ponen diariamente en el florero de mi mesa.
Comprendió ella la causa de mi resentimiento, y me lo dijo tan claramente una mirada suya, que temà se oyeran las palpitaciones de mi corazón.
Aquella noche, a la hora de retirarse la familia del salón, MarÃa estaba casualmente sentada cerca de mÃ. Después de haber vacilado mucho, le dije al fin, con voz que denunciaba mi emoción: «MarÃa, eran para ti; pero no encontré las tuyas».
Ella balbucÃa alguna disculpa cuando tropezando en el sofá mi mano con la suya, se la retuve por un movimiento ajeno a mi voluntad. Dejó de hablar. Sus ojos me miraron asombrados y huyeron de los mÃos.
Pasóse por la frente con angustia la mano que tenÃa libre, y apoyó en ella la cabeza, hundiendo el brazo desnudo en el almohadón inmediato. Haciendo al fin un esfuerzo para deshacer ese doble lazo de la materia y del alma que en tal momento nos unÃa, púsose en pie; y como concluyendo una reflexión empezada, me dijo tan quedo que apenas pude oÃrla: «Entonces… yo recogeré todos los dÃas las flores más lindas»; y desapareció.