MarÃa
MarÃa Niña cariñosa y risueña, mujer tan pura y seductora como aquellas con quienes yo habÃa soñado, asà la conocÃa; pero resignada ante mi desdén, era nueva para mÃ. Divinizada por la resignación, me sentÃa indigno de fijar una mirada sobre su frente.
Respondà mal a unas preguntas que se me hicieron sobre José y su familia. A mi padre no se le podÃa ocultar mi turbación; y dirigiéndose a MarÃa, le dijo sonriendo:
—Hermosas azucenas tienes en los cabellos: yo no he visto de esas en el jardÃn.
MarÃa, tratando de disimular su desconcierto, respondió con voz casi imperceptible:
—Es que de estas azucenas sólo hay en la montaña.
Sorprendà en aquel momento una sonrisa bondadosa en los labios de Emma.
—¿Y quién las ha enviado? —preguntó mi padre.
La turbación de MarÃa era ya notable. Yo la miraba; y ella debió de hallar algo nuevo y animador en mis ojos, pues respondió con acento más firme:
—EfraÃn botó unas al huerto; y nos pareció que siendo tan raras, era lástima que se perdiesen: ésta es una de ellas.