MarÃa
MarÃa Cuando las riberas lo permitÃan, Lorenzo y yo, para desentumirnos o para disminuir el peso de la canoa en pasos de peligro confesados por los bogas, andábamos por algunas de las orillas cortos trechos, operación que allà se llama playear; pero en tales casos el temor de tropezar con alguna guascama o de que alguna chonta se lanzase sobre nosotros, como los individuos de esa familia de serpientes negras, rollizas y de collar blanco lo acostumbran, nos hacÃa andar por las malezas más con los ojos que con los pies.
Era inútil averiguar si Laureán y Gregorio eran curanderos, pues apenas hay boga que no lo sea y que no lleve consigo colmillos de muchas clases de vÃboras y contras para varias de ellas, entre las cuales figuran el guaco, los bejucos atajasangre, siempreviva, zaragoza, y otras yerbas que no nombran y que conservan en colmillos de tigre y de caimán ahuecados. Pero eso no basta a tranquilizar a los viajeros, pues es sabido que tales remedios suelen ser ineficaces, y muere el que haya sido mordido, después de pocas horas, arrojando sangre por los poros, y con agonÃas espantosas.
Llegamos a San Cipriano. En la ribera derecha y en el ángulo formado por el rÃo que da nombre al sitio, y por el Dagua, que parece regocijarse con su encuentro, estaba la casa, alzada sobre postes en medio de un platanal frondoso. No habÃamos saltado todavÃa a la playa y ya Gregorio gritaba: