MarÃa
MarÃa —¡Ña Rufina! ¡Aquà voy yo! —Y en seguida—: ¿Dónde cogió esta viejota?
—Buena tarde, ño Gregorio —respondió una negra joven, asomándose al corredor.
—Me tiene que da posada, porque traigo cosa buena.
—SÃ, señó; suba pué.
—¿Mi compañero?
—En la Junta.
—¿TÃo Bibiano?
—Asina no ma, ño Gregorio.
Laureán dio las buenas tardes a la casera y volvió a guardar su silencio acostumbrado.
Mientras los bogas y Lorenzo sacaban los trastos de la canoa, yo estaba fijo en algo que Gregorio, sin hacer otra observación, habÃa llamado viejota: era una culebra gruesa como un brazo fornido, casi de tres varas de largo, de dorso áspero, color de hoja seca y salpicada de manchas negras; barriga que parecÃa de piezas de marfil ensambladas, cabeza enorme y boca tan grande como la cabeza misma, nariz arremangada y colmillos como uñas de gato. Estaba colgada por el cuello en un poste del embarcadero, y las aguas de la orilla jugaban con su cola.