MarÃa
MarÃa En la mañana que siguió a la tarde en que MarÃa me escribió su última carta, Emma, después de haberla buscado inútilmente en su alcoba, la halló sentada en el banco de piedra del jardÃn: dábase ver lo que habÃa llorado: sus ojos fijos en la corriente y agrandados por la sombra que los circundaba, humedecÃan aún con algunas lágrimas despaciosas aquellas mejillas pálidas y enflaquecidas, antes tan llenas de gracia y lozanÃa: exhalaba sollozos ya débiles, ecos de otros en que su dolor se habÃa desahogado.
—¿Por qué has venido sola hoy? —le preguntó Emma abrazándola—: yo querÃa acompañarte como ayer.
—Sà —le respondió—; lo sabÃa; pero deseaba venir sola; creà que tendrÃa fuerzas. Ayúdame a andar.
Se apoyó en el brazo de Emma y se dirigió al rosal de enfrente a mi ventana. Luego que estuvieron cerca de él, MarÃa lo contempló casi sonriente, y quitándole las dos rosas más frescas, dijo:
—Tal vez serán las últimas. Mira cuántos botones tiene: tú le pondrás a la Virgen los más hermosos que vayan abriendo.
Acercando a su mejilla la rama más florecida, añadió: