MarÃa
MarÃa —¡Adiós, rosal mÃo, emblema querido de su constancia! Tú le dirás que lo cuidé mientras pude —dijo volviéndose a Emma, que lloraba con ella.
Mi hermana quiso sacarla del jardÃn diciéndole:
—¿Por qué te entristeces asÃ? ¿No ha convenido papá en demorar nuestro viaje? Volveremos todos los dÃas. ¿No es verdad que te sientes mejor?
—Estémonos todavÃa aquà —le respondió acercándose lentamente a la ventana de mi cuarto: la estuvo mirando olvidada de Emma, y se inclinó después a desprender todas las azucenas de su mata predilecta, diciendo a mi hermana—: Dile que nunca dejó de florecer. Ahora sà vámonos.
Volvió a detenerse en la orilla del arroyo, y mirando en torno suyo apoyó la frente en el seno de Emma murmurando:
—¡Yo no quiero morirme sin volver a verlo aquÃ!
Durante el dÃa se la vio más triste y silenciosa que de costumbre. Por la tarde estuvo en mi cuarto y dejó en el florero, unidas con algunas hebras de sus cabellos, las azucenas que habÃa cogido por la mañana; y allà fue Emma a buscarla cuando ya habÃa oscurecido. Estaba de codos en la ventana; y los bucles desordenados de la cabellera casi le ocultaban el rostro.