MarÃa
MarÃa —MarÃa —le dijo Emma después de haberla mirado en silencio unos momentos— ¿no te hará mal este viento de la noche?
Ella, sorprendida al principio, le respondió tomándole una mano, atrayéndola a sà y haciendo que se sentase a su lado en el sofá:
—Ya nada puede hacerme mal.
—¿No quieres que vayamos al oratorio?
—Ahora no: deseo estarme aquà todavÃa; tengo que decirte tantas cosas…
—¿No hay tiempo para que me las digas en otra parte? Tú, tan obediente a las prescripciones del doctor, vas asà a hacer infructuosos todos sus cuidados y los nuestros: hace dos dÃas que no eres ya dócil como antes.
—Es que no saben que voy a morirme —respondió abrazando a Emma y sollozando contra su pecho.
—¡Morirte! ¿Morirte cuando EfraÃn va a llegar?…