MarÃa
MarÃa —Sin verlo otra vez, sin decirle… morirme sin poderlo esperar. Esto es espantoso —agregó estremeciéndose después de una pausa—; pero es cierto: nunca los sÃntomas del acceso han sido como los que estoy sintiendo. Yo necesito que lo sepas todo antes que me sea imposible decÃrtelo. Oye: quiero dejarle cuanto yo poseo y le ha sido amable. Pondrás en el cofrecito en que tengo sus cartas y las flores secas, este guardapelo donde están sus cabellos y los de mi madre; esta sortija que me puso en vÃsperas de su viaje; y en mi delantal azul envolverás mis trenzas… No te aflijas asà —continuó acercando su mejilla frÃa a la de mi hermana—; yo no podrÃa ya ser su esposa… Dios quiere librarlo del dolor de hallarme como estoy, del trance de verme expirar. ¡Ay!, yo podrÃa morirme conforme, dándole mi último adiós. Estréchalo por mà en tus brazos y dile que en vano luché por no abandonarlo… que me espantaba más su soledad que la muerte misma, y…
MarÃa dejó de hablar y temblaba en los brazos de Emma; cubrióla ésta de besos y sus labios la hallaron yerta; llamóla y no respondió; dio voces y corrieron en su auxilio.
Todos los esfuerzos del médico fueron infructuosos para volverla del acceso, y en la mañana del siguiente dÃa se declaró impotente para salvarla.
El anciano cura de la parroquia ocurrió a las doce al llamamiento que se le hizo.