MarÃa
MarÃa Braulio, José y cuatro peones más condujeron al pueblo el cadáver, cruzando esas llanuras y descansando bajo aquellos bosques por donde en una mañana feliz pasó MarÃa a mi lado amante y amada el dÃa del matrimonio de Tránsito. Mi padre y el cura seguÃan paso ante paso el humilde convoy… ¡ay de mÃ!, ¡humilde y silencioso como el de Nay!
Mi padre regresó al medio dÃa lentamente y ya solo. Al apearse hizo esfuerzos inútiles para sofocar los sollozos que lo ahogaban. Sentado en el salón, en medio de Emma y mi madre y rodeado de los niños que aguardaban en vano sus caricias, dio rienda a su dolor, haciéndose necesario que mi madre procurase darle una conformidad que ella misma no podÃa tener.
«Yo —decÃa él— yo autor de ese viaje maldecido, ¡la he muerto! Si Salomón pudiera venir a pedirme su hija, ¿qué habrÃa yo de decirle?… Y EfraÃn… y EfraÃn…
¡Ah! ¿Para qué lo he llamado? ¿Asà le cumpliré mis promesas?».
Aquella tarde dejaron la hacienda de la sierra para ir a pernoctar en la del valle, de donde debÃan emprender al dÃa siguiente viaje a la ciudad.
Braulio y Tránsito convinieron en habitar la casa para cuidar de ella durante la ausencia de la familia.