María

María

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—¡María!… ¡Hija de mi corazón!… ¿Por qué nos dejas así?… ¡Ay!, ya nunca más podrás oírme… ¿Qué responderé a mi hijo cuando me pregunte por ti? ¡Qué hará, Dios mío!… ¡Muerta!, ¡muerta sin haber exhalado una queja!

Ya en el oratorio, sobre una mesa enlutada, vestida de gro blanco y recostada en el ataúd, mostraba en su rostro algo de sublime resignación. La luz de los cirios brillando en su frente tersa y sobre sus anchos párpados, proyectaba la sombra de las pestañas sobre las mejillas: aquellos labios pálidos parecían haberse helado cuando intentaban sonreír; podía creerse que alentaba aún. Sombreábanle la garganta las trenzas medio envueltas en una toca de gasa blanca, y entre las manos, descansándole sobre el pecho, sostenía un crucifijo.

Así la vio Emma a las tres de la madrugada, al acercarse a cumplir el más terrible encargo de María.

El sacerdote estaba orando de rodillas al pie del ataúd. La brisa de la noche, perfumada de rosas y azahares, agitaba las llamas de los cirios, gastados ya.

«Creí —decía Emma— que al cortar la primera trenza iba a mirarme tan dulcemente como solía si reclinada la cabeza en mi falda le peinaba yo los cabellos. Púselas al pie de la imagen de la Virgen y por última vez le besé las mejillas… Cuando desperté dos horas después… ¡ya no estaba allí!».


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