MarÃa
MarÃa —¿Está dormida, no? —preguntó el inocente reclinando la cabeza en el mismo almohadón en que descansaba la de MarÃa, y tomándole en sus manitas una de las trenzas como lo acostumbraba para dormirse.
Mi padre interrumpió esa escena que agotaba las fuerzas de mi madre y que los asistentes presenciaban contristados.
A las cinco de la tarde, Mayn, que permanecÃa a la cabecera pulsando constantemente a MarÃa, se puso en pie, y sus ojos humedecidos dejaron comprender a mi padre que habÃa terminado la agonÃa. Sus sollozos hicieron que Emma y mi madre se precipitasen sobre el lecho. Estaba como dormida; pero dormida para siempre… ¡muerta!, ¡sin que mis labios hubiesen aspirado su postrer aliento, sin que mis oÃdos hubiesen escuchado su último adiós, sin que algunas de tantas lágrimas vertidas por mà después sobre su sepulcro, hubiesen caÃdo sobre su frente!
Cuando mi madre se convenció de que MarÃa habÃa muerto, ante su cadáver, bañado de la luz de los arreboles de la tarde que penetraba en la estancia por una ventana que acababa de abrir, exclamó con voz enronquecida por el llanto, besando una de esas manos ya frÃa e insensible: