MarÃa
MarÃa Braulio soltó una carcajada, concluyéndola por decir:
—Ya ése estará metido en el gallinero de casa.
—¡Lucas!— volvió a gritar José, sin atender a lo que su sobrino decÃa; mas viéndonos a todos reÃr, preguntó:
—¡Eh! ¡Eh! ¿Pues qué es?
—TÃo, si el valluno zafó desde que erré la lanzada.
José nos miraba como si fuese imposible entendernos.
—¡Timanejo pÃcaro!
Y acercándose al rÃo, gritó de forma que las montañas repitieron su voz.
—¡Lucas del demonio!
—Aquà tengo yo un buen cuchillo para desollar, le advirtió Tiburcio.
No, hombre, si es que ese caratoso traÃa el jotico15 del fiambre, y este blanco querrá comer algo y… yo también, porque aquà no hay esperanzas de mazamorra.
Pero la mochila deseada estaba señalando precisamente el punto abandonado por el neivano. José, lleno de regocijo, la trajo al sitio donde nos hallábamos y procedió a abrirla, después de mandar a Tiburcio a llenar nuestros cocos de agua del rÃo.