MarÃa
MarÃa ¡MarÃa amenazada de muerte; prometida asà por recompensa a mi amor, mediante una ausencia terrible; prometida con la condición de amarla menos; yo obligado a moderar tan poderoso amor, amor adueñado para siempre de todo mi ser, so pena de verla desaparecer de la Tierra como una de las beldades fugitivas de mis sueños, y teniendo que aparecer en adelante ingrato e insensible tal vez a sus ojos, sólo por una conducta que la necesidad y la razón me obligaban a adoptar! Ya no podrÃa yo volver a oÃrle aquellas confidencias hechas con voz conmovida; mis labios no podrÃan tocar ni siquiera el extremo de una de sus trenzas. MÃa o de la muerte, entre la muerte y yo, un paso más para acercarme a ella serÃa perderla; dejarla llorar en abandono era un suplicio superior a mis fuerzas.
¡Corazón cobarde!, no fuiste capaz de dejarte consumir por aquel fuego que mal escondido podÃa agostarla… ¿Dónde está ella ahora, ahora que ya no palpitas; ahora que los dÃas y los años pasan sobre mà sin que sepa yo que te poseo?
Cumpliendo Juan Angel mis órdenes, llamó a la puerta de mi cuarto al amanecer.
—¿Cómo está la mañana? —le pregunté.
—Mala, mi amo; quiere llover.
—Bueno. Vete a la montaña y dile a José que no me espere hoy.