MarÃa
MarÃa La fiera arrojaba sanguaza espumosa por la boca: tenÃa los ojos empañados e inmóviles, y en el último paroxismo de muerte estiraba las piernas temblorosas y removÃa la hojarasca al enrollar y desenrollar la hermosa cola.
—¡Valiente tiro!… ¡Qué tiro! —exclamó Braulio poniéndole un pie al animal sobre el cogote—: ¡En la frente! ¡Ese sà es un pulso firme!
José, con voz no muy segura todavÃa (el pobre amaba tanto a su hija), dijo limpiándose con la manga de la camisa el sudor de la frente:
—No, no… ¡Si es mecha! ¡SantÃsimo Patriarca! ¡Qué animal tan bien criado! ¡Hij’, un demonio! ¡Si te toca ni se sabe!…
Miró tristemente los cadáveres de los tres perros diciendo:
—¡Pobre Campanilla!, es la que más siento… ¡Tan guapa mi perra!
Acarició luego a los otros tres, que con tamaña lengua afuera jadeaban acostados y desentendidos, como si solamente se hubiera tratado de acorralar un becerro arisco.
José, tendiéndome su ruana en lo limpio, me dijo:
—Siéntese, niño; vamos a sacar bien el cuero, porque es de usted: —y en seguida gritó—: ¡Lucas!