MarÃa
MarÃa Una mañana entró mi madre a mi cuarto, y sentándose a la cabecera de la cama, de la cual no habÃa salido yo aún, me dijo:
—Esto no puede ser: no debes seguir viviendo asÃ; yo no me conformo.
Como yo guardara silencio, continuó:
—Lo que haces no es lo que tu padre ha exigido; es mucho más; y tu conducta es cruel para con nosotros y más cruel aún para con MarÃa. Estaba persuadida de que tus frecuentes paseos tenÃan por objeto ir a casa de Luisa con motivo del cariño que te profesan allÃ; pero Braulio, que vino ayer tarde, nos hizo saber que hacÃa cinco dÃas que no te veÃa. ¿Qué es lo que te causa esa profunda tristeza que no puedes dominar ni en los pocos ratos que pasas en sociedad con la familia, y que te hace buscar constantemente la soledad, como si te fuera ya enojoso el estar con nosotros?
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—MarÃa, señora —le respond×, debe ser completamente libre para aceptar o no la buena suerte que le ofrece Carlos; y yo, como amigo de él, no debo hacerle ilusorias las esperanzas que fundadamente debe de alimentar de ser aceptado.