MarÃa
MarÃa ConocÃase que las mujeres nos contaban y recontaban desde que nos alcanzaron a ver; y cuando nos acercamos a la casa estaban aún indecisas entre el susto y la alegrÃa pues por nuestra demora y los disparos que habÃan oÃdo suponÃan que habÃamos corrido peligros.
Fue Tránsito quien se adelantó a recibirnos, notablemente pálida.
—¿Lo mataron?— nos gritó.
—SÃ, hija— le respondió su padre.
Todas nos rodearon, entrando en la cuenta hasta la vieja Marta, que llevaba en las manos un capón a medio pelar. LucÃa se acercó a preguntarme por mi escopeta, y como yo se la mostrase, añadió en voz baja:
—Nada le ha sucedido, ¿no?
—Nada— le respondà cariñosamente, pasándole por los labios una ramita.
—Ya yo pensaba…
—¿No ha bajado ese fantasioso de Lucas por aqu� —preguntó José.
—El no— respondió Marta.
José masculló una maldición.
—¿Pero dónde está lo que mataron?— dijo al fin, haciéndose oÃr, la señora Luisa.